Durante la pandemia sobró el tiempo, que es otra manera de decir que sobró el encierro y faltó el mundo. Yo me acuerdo de estar encerrado dentro de mi propia casa, como si la casa se hubiera encerrado también conmigo, porque la gente venía a visitarme y ya no había mucha razón para salir, salvo esa costumbre vieja de fingir que afuera seguía existiendo algo útil. Entonces, en una de esas noches, se nos ocurrió empezar a comprar y beber vinos.

Era una forma elegante de hacer algo que en realidad era muy simple: ver pasar el tiempo con una copa en la mano y la sospecha de que no estábamos desperdiciando la vida, sino administrándola. A mí me venía una imagen vaga de Apocalypse Now Redux, esa escena de la familia francesa, y me sentía ahí, como si el encierro hubiera desarrollado en nosotros una especie de delirium europeo, una nostalgia de guerra y sobremesa al mismo tiempo.

Poco a poco Andrea y yo fuimos comprando vinos y luego invitando gente a probarlos, porque también queríamos probar todos los que pudiéramos antes de perder el conocimiento. Y sin desperdiciar, claro, que es una moral muy de pandemia: consumir con método, beber con disciplina, gastar con culpa y luego justificarlo todo como si se tratara de una investigación cultural.
Siempre hemos tenido una regla muy sabia, que es comprar vinos dentro de cierto presupuesto, porque pasando cierta cantidad ya todo vino sabe bien. O peor: ya todo vino sabe a prestigio. Y entonces se vuelve más interesante buscar sorpresas fuera del radar del mercado, ser creativos y cultos por la vía del hallazgo, como si uno pudiera convertirse en experto simplemente por no comprar lo obvio. A eso le decimos, con cierta ironía y mucho cariño, el Wine Speculator.

Fue justo por eso que decidimos llevar registro de las cosas que nos gustan simplemente para compartirlas, sin más pretensión que esa. De esa idea se nos ocurrió Monograma: un lugar para poner en común lo que nos entusiasma, lo que encontramos, lo que vale la pena probar y mirar dos veces. Andrea lleva años bebiendo vinos, que es una forma mucho más seria de decir que Andrea sí sabe de esto. Muchos de los vinos que hemos tomado los vamos poniendo en nuestra cuenta de Vivino, donde pueden ver nuestras recomendaciones y seguirnos. Al final, beber vino también terminó siendo una manera de guardar memoria: de las noches, de las visitas, del encierro y de esa rara alegría de descubrir algo bueno justo cuando todo alrededor parecía descomponerse.
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